Lectores

lunes, 3 de septiembre de 2007

De un intelectual a una muchacha del pueblo.

Mi falsa bondad tú eres la única en comprenderla,
Porque la confundes, ciega, sagazmente con lo único bueno que va quedando en mi
y no distingues entre mi miedo a la vida y mi amor a la vida
y eres, por un momento, el báculo de esta vejez prematura.

Crees, en cambio, en el hombre que yo había sido y que fugazmente antes de estos años amargos,
de no haber sucumbido al gusto de la derrota, al placer y hasta a la pasión de la derrota, por lo mismo que crees en el amor
o por que el amor te hace creer, como si se tratara de un manojo de hierbas en manos de una vieja curandera, en sus virtudes balsámicas,
y estas penetrada del papel del amor como de un sabor a hierbas mágicas.


Creerás en lo que te diga, al oído, el horóscopo
en el estilo epistolar en la lectura de las manos;
tu novela soy yo para las noches de insomnio cuando la virginidad acostumbrada a
todo da con todo señales de impaciencia
y hay que adormecerla con un cuidado especial;
en esta distancia absurda entre tu cuerpo y el mío es el cauce de un sueño que une las
dos orillas
colmado, por fin, bajo una tierna luz de amanecer pantanoso.

Te encontrarás en una isla conmigo, cualquier imagen de calendario puede ser en este
momento tu hallazgo,
el primer recurso de la poesía y el último, por que no amas las palabras
ni te bastan los excesos de imaginación, a todo ello prefieres el éxtasis,
poner en orden tu vida con esas grandes manos tranquilas
y esperar.

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