Ella se me volvió una larga y sombría posada; se me
hizo un país en que viví cinco o siete años, país amado a
causa de la muerta, odioso a causa de la volteadura de mi
alma en una larga crisis religiosa. No son ni buenos ni bellos
los llamados “frutos del dolor” y a nadie se los deseo. De regreso
de esta vida en la más prieta tiniebla, vuelvo a decir,
como al final de Desolación, la alabanza de la alegría. El
tremendo viaje acaba en la esperanza de las Locas Letanias
y cuenta su remate a quienes se cuidan de mi alma y poco
saben de mí desde que vivo errante.
martes, 4 de septiembre de 2007
MUERTE DE MI MADRE
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